Ascenso al volcán Callaqui: entre el hielo y el fuego
Updated: Oct 16, 2024
Escrita para la página del Instituto de Estudios Andinos Don Pablo Groeber en marzo de 2019. http://www.idean.gl.fcen.uba.ar/category/bitacora/
Casi todos los días del año amanezco en mi casa, tomo un desayuno, salgo a tomar un colectivo que me lleva a Ciudad Universitaria, trabajo en una hermosa oficina con vista al río y luego me tomo el mismo colectivo que me devuelve a mi casa. Algunos pocos días al año, todos los años desde el 2014, amanezco en una carpa en los Andes mendocinos, o en una cabaña en los Andes neuquinos, tomo un desayuno, salgo a pie o en camioneta, trabajo en los flancos y cráteres de los volcanes Peteroa o Copahue y luego vuelvo a la carpa o a la cabaña. Pero hay, también, algunos pocos días, aún menos frecuentes, diferentes a la mayoría de mis días. Esta es una breve historia acerca de un día en el que amanecí en una carpa desconociendo absolutamente al paisaje que tenía en frente. Desconociendo al volcán al que me dirigía, a la ruta que tomaría y al paisaje que me deslumbraría.
Trabajo en el Grupo de Estudio y Seguimiento de Volcanes Activos del IDEAN. Mi trabajo consiste en tomar muestras de gases fumarólicos con el objetivo de conocer qué ocurre en el interior del volcán que emite esas fumarolas: “¿está activo, pero duerme? ¿está por entrar en erupción?”. Por supuesto que este trabajo no lo hago sola. El grupo está compuesto por varias personas. Y, además, muchas veces trabajamos en conjunto con colegas, amigas y amigos de nuestro país vecino Chile, quienes trabajan en el Observatorio Volcanológico de los Andes del Sur, vigilando bien de cerca a las decenas de volcanes activos de nuestra cordillera.
El volcán de turno era el Callaqui, ubicado en la región chilena del Bío-Bío. Este volcán se alza 3164 metros sobre el nivel del mar, en el medio de los bellísimos Andes patagónicos. Nos dirigimos a él integrantes del observatorio chileno y de nuestro grupo, para conocer, por primera vez, a las fumarolas de la cima de este volcán. Queríamos saber qué tenían para decirnos esas fumarolas, qué información podían darnos acerca del volcán Callaqui y de su actividad.
Desconocíamos completamente el terreno. Contábamos únicamente con la experiencia de dos caminantes, que hacía un par de años habían compartido su descripción del sendero y una ruta GPS a través de Wikiloc. Nosotros debíamos movilizar no sólo al equipo para acampar y para ascender hasta la cima a través de un glaciar, sino también a los equipos para tomar muestras y mediciones de los gases que emiten las fumarolas. Cada integrante del grupo, tres hombres y cuatro mujeres, nos cargamos hasta el límite de nuestra capacidad, con carpas, bolsas de dormir, ollas, comida, agua, crampones, piolets, bastones y, además, el equipamiento para tomar muestras de gases volcánicos: ampollas, tubos de titanio, líneas de vidrio, termómetros y un medidor de flujo de CO2.
Partimos desde la ciudad de Temuco en dos camionetas, hasta la base del volcán Callaqui, a unos 810 m s.n.m. Desde la base, armamos las mochilas y comenzamos el ascenso. El paso era necesariamente lento por la cantidad de peso que transportábamos. Era marzo y el clima era perfecto: cálido y soleado. La sombra del bosque andino patagónico nos acariciaba y aliviaba, un poco, el efecto del peso pesado que cada una y cada uno llevaba consigo. Llegamos con la última luz del día al sitio de acampe, el límite superior de la vegetación, armamos las carpas e hicimos la cena con el auxilio de nuestras linternas frontales.
A la mañana siguiente, amanecí en una carpa desconociendo absolutamente al volcán que tenía en frente y al paisaje a mi alrededor, porque habíamos llegado prácticamente sin luz. Abrí el cierre de la carpa y, aunque me había preparado porque sabía que el escenario no me iba a fallar, la belleza del lugar en el que estaba se develó y me ubicó de una cachetada. Si hay algo que la Patagonia intenta hacerme entender y aún no aprendo, es que la imaginación no supera a la naturaleza.

Contábamos con dos días completos para ascender al Callaqui y trabajar.
En el primer día, por supuesto, hicimos el primer ascenso. Nuestros amigos caminantes de Wikiloc serían más experimentados y probablemente irían más livianos, pero más allá de las excusas, hicieron en 4 horas lo que nosotros, en 8.
Caminamos por una senda muy poco marcada en la que nuestro único guía era el GPS. El paisaje andino patagónico, metro a metro se tornaba más imponente. Montañas verdes, lagos azules, volcanes salpicados a lo largo de la cordillera y, como si fuera poco, cóndores adornando el cielo, constantemente. Y todo esto transitando los flancos del Callaqui: un volcán hermoso, cuyos últimos 600 metros de altura se encuentran completamente cubiertos de hielo glaciar, agrietado en las inflexiones de la pendiente.
Cuando llegamos a la base del hielo, nuestro guía humano (no el GPS) nos dio un ABC de cómo caminar sobre el glaciar y qué hacer en caso de caída. Esto, la gran cantidad de grietas que había que esquivar por sus laterales, más nuestra evidente falta de práctica de esta disciplina, fue en parte el motivo por el que nos llevó prácticamente toda la jornada solamente arribar al lugar de trabajo.


El lugar de trabajo era la mismísima cima de este volcán. Una escena única. El Callaqui no presenta un típico cráter de explosión, una “olla” profunda con un lago cratérico y fumarolas. Podría decirse que presenta exactamente lo opuesto. Si el cráter es una geoforma cóncava, el Callaqui presentó un cráter convexo. Un pequeño montículo, una elevación, que se alza como una isla en medio de un mar blanco, helado.
El único problema era que habíamos llegado a la hora en la que debíamos irnos. Miramos a este paisaje de ensueño por un rato y emprendimos el regreso. El equipamiento, de más de 10 kilos, para medir y tomar muestras de gases se tomó un lindo franco, paseó por el volcán, no hizo una sola medición de nada ni tomó una sola muestra. Gajes del oficio.

En el primer día en el volcán Callaqui, la retirada debió ser rápida. No había un minuto para mirar atrás: no era conveniente que nos agarrara la noche en medio de estos flancos cubiertos de hielo, con grietas tan profundas que no veíamos su fin. El frío intenso, glaciar, que acompañaba la caída de la tarde, incentivaba a apurar el repliegue. Lo logramos. Y arribamos al campamento, otra vez, de noche.
A la mañana siguiente fue necesario partir mucho más temprano, ir más rápido y, lamentablemente, sacar menos fotos. Esto último era, por mucho, lo más difícil. Lejos. El grupo se dividió en dos: una parte se dedicó a tomar muestras de las aguas de pequeñas lagunas que se encontraban sobre los flancos del volcán y la otra se dirigió nuevamente al cráter a tomar muestras de aquellas fumarolas calientes y ácidas, agresivas, que a cambio de unas muestras en ampollas de vidrio, se cobraron algunos pantalones y camperas, generando costras de azufre, agujeros en las telas, e impregnando a la ropa de un olor a huevo podrido que, como cualquier volcanóloga o vulcanólogo sabe, no se irá jamás.
Las fumarolas que emite esta isla caliente en medio de la cubierta de hielo glaciar, rodeadas de sublimados amarillos de azufre nativo, daban lugar a un paisaje de un contraste tal, que quedó guardado en mi retina como una de las curiosidades más hermosas que tuve la suerte de ver.
Los gases eran tremendamente ácidos. No permitían respirar sin máscara ni ver sin antiparras. Las fumarolas se emitían a temperaturas de entre 120 y 180ºC. Los suelos se encontraban a temperaturas de entre 27ºC a 78ºC, y probablemente a más.

El segundo día nos permitió hacer casi todo lo que no pudimos hacer en el primero. Los 7 integrantes del equipo nos volvimos satisfechos con el trabajo que hicimos y, más importante aún, volvimos sanos y salvos y con una gran experiencia encima.
Pocos días después me encontraba nuevamente amaneciendo en mi casa, tomando el colectivo a Ciudad Universitaria y trabajando en la oficina. Feliz de saber que me ha tocado hacer esta vida y esta carrera en el cono sur de Sudamérica.



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