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¿Tan distintos?

Writer: María Clara Lamberti
María Clara Lamberti
Oct 21, 2024
4 min read

Updated: Oct 23, 2024

Frecuentemente uso la expresión 'exhalaciones' cuando me refiero a la emisión de gases de volcanes activos. En mi lucha contra la resignación ante mi insignificancia, me propuse un juego: pensar qué tienen en común mi pequeña persona y los volcanes. Jugué y estos son los resultados.

 

¿De qué estamos hechos?

Más de un 99% del cuerpo humano está compuesto por cuatro elementos químicos: oxígeno, carbono, hidrógeno y nitrógeno. También tenemos calcio en nuestros dientes, y hierro en nuestra sangre, entre otros elementos. De nuestros cuatro elementos mayoritarios, el oxígeno es el más abundante. Aunque comúnmente escuchemos que somos “vida basada en carbono”, nuestro principal componente es el oxígeno. Esta composición oxigenada del cuerpo humano trajo a mi recuerdo una de las primeras clases de “introducción a la geología”, allá por el 2008, cuando estudiamos de qué estaba hecho el planeta. Imaginen cuál es el componente mayoritario de la corteza terrestre… ¿el silicio? Cerca, pero no. Es el oxígeno. Así que ahí está: nuestro elemento mayoritario es el mismo, quién lo diría, ¿no?

 

El origen

Cualquier sub-ítem llamado “origen”, por lógica, debería ir primero. Sin embargo, en este juego, mi primera pregunta fue de qué estábamos hechos los volcanes y yo, y eso me llevó a pensar en nuestro origen. Porque el origen de nuestro componente principal, el oxígeno, es bastante fascinante: resulta de gigantescas explosiones de estrellas masivas, que son conocidas como supernovas.

Desde una perspectiva cósmica, todo lo que es, fue y será (seres humanos, volcanes, hormigas, alfajores, agua, sillas, ballenas, plasma… todo) tiene un origen común que, según la teoría aún más aceptada, fue el Big Bang o la Gran Explosión. Esta explosión dio origen al universo entero: a la materia, al espacio y al tiempo. Entonces obvio, los volcanes y yo tenemos eso en común. Y sí, ambos somos entes terrestres, vivimos y morimos bajo el dominio de esa estrella que llamamos Sol y vemos pasar a la Luna de vez en vez.

Pero estos últimos hechos son tan absolutos que, aunque valga la pena mencionarlos, me impresionan menos que entender que el origen del componente principal de mi cuerpo y de los volcanes sea la explosión gigante de supernovas. Por cuestión de cantidades y chances, no sería loco pensar que incluso algunos átomos de oxígeno de mi cuerpo y algunos de, por ejemplo, el volcán Copahue, provengan de la misma supernova.

 

Una línea temporal

Yo tengo una historia, por ahora la duración de esta historia lleva unas 36 vueltas al Sol. A lo largo de este tiempo transité muchísimos eventos discretos en el tiempo que, junto con mi ADN y las características de mi entorno, moldean la persona que soy. Para el caso de los volcanes, se podría decir casi lo mismo, con la diferencia de que, en la enorme mayoría de los casos, las historias duran bastante más que 36 vueltas y el ADN no tiene mucho que hacer. Pero por todo lo demás, los volcanes cuentan con sucesiones de eventos discretos en el tiempo que, en conjunto con su entorno (tectónico y superficial), los moldean, y los hacen ser exactamente lo que son.

 

Sangre en las venas

Mientras los y las humanas vivimos, corre sangre por nuestras venas. Mientras los volcanes están activos, corren fluidos ácidos y calientes por las suyas, que también llamamos diques. Las diferencias entre su sangre y la nuestra son varias, pero muy menores. Podríamos mencionar que en nuestro caso la sangre recircula, que esta circulación se da en tubos flexibles y suele andar en los 36/37º centígrados, mientras que en el caso de los volcanes hay un sentido de circulación predominantemente “de adentro hacia afuera”, a través de ductos laminares más bien rígidos y con temperaturas sensiblemente mayores a los 37º, pudiéndose encontrar a más de 1.000º. Pero adivinen cuál es el componente principal de nuestras sangres… es el agua, por encima del 90%, porcentaje válido para volcanes y seres humanos.

¿Que no hay poesía en la ciencia? Vengan de a uno.

 

No aguanto la presión

Los puntos en común entre mi humanidad y los volcanes que vengo mencionando hasta ahora son hechos científicos. Este ítem es un poco más interpretativo y por sobre todas las cosas, es un ítem antropocéntrico. Pero ahí va.

Hay algo de la liberación de la presión que tanto los volcanes como las personas “necesitamos” para “funcionar”. No liberar presiones suele desencadenar explosiones, que en términos generales suelen “generar daño”.

En el año 1980, el volcán Santa Helena hizo una violentísima erupción con la que prácticamente destruyó uno de sus flancos, se auto descabezó y liberó una energía, dicen, equivalente a unas 500 bombas atómicas. Es claro que para el Santa Helena esto no constituyó un hecho negativo, fue simplemente un evento de su historia. Dudo que el volcán se haya lamentado por su flanco, por la pérdida de la belleza del bosque que lo rodeaba que quedó devastado, por haber colmatado de una fea ceniza gris al lago que también lo adornaba. Sin embargo, desde una perspectiva antropocéntrica, el evento fue destructivo y todo quedó bastante horrible en términos paisajísticos.

En mis 36 vueltas al Sol aprendí que yo tampoco puedo acumular presiones indefinidamente en el tiempo sin que haya alguna consecuencia catastrófica en mi vida. Cuando hice mi doctorado sólo pensaba en la tesis y en todo lo que tenía que hacer. Me resultaba monstruosa la tarea que tenía por delante y aunque tratara de atacar de a una tarea por vez, no me tomé en serio el tiempo de descanso necesario para que la mente funcione bien, y un día salí de la facultad camino al hospital porque sentía que no podía respirar. Con el tiempo supe que aquella reacción fue mental y que, si no bajaba 15 cambios, desencadenaría otros problemas. Un poco como mi erupción destructiva.

En términos generales, si no liberamos presiones, explotamos con violencia.

 

Jugué y gané. Estos puntos en común entre mi vida y los volcanes me satisfacen. Ya sé que la lucha contra mi insignificancia es una lucha perdida. De hecho, muchos textos budistas sugieren que abrazar esta insignificancia es subir un peldaño en la vía de la espiritualidad.


Y así llego a la última: tanto los volcanes como yo somos total y absolutamente intrascendentes. Pero por un rato, existimos.






 
 
 

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