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Crónicas antárticas - temporada 2, episodio 1

Writer: María Clara Lamberti
María Clara Lamberti
Oct 10, 2024
5 min read

 Segundo arribo


El 27 de enero del 2022 llegué por primera vez a la isla Decepción, Shetlands del Sur, continente antártico. Mi proyecto era hacer un relevamiento del flujo CO2 difuso y temperatura del suelo de todos los sitios termales de la isla y tomar muestras del gas del suelo para analizar el carbono ahí contenido. Pensaba que si bien el proyecto era algo ambicioso, lo desarrollaría en una única campaña y, además, había sufrido mucho la separación indefinida con Nico, motivos por los que creía que Decepción sería cosa de una vez. Sería un sueño de larga data realizado, concretar mi encuentro con el continente blanco. Sería la experiencia de la estadía en una base antártica manejada por militares. Sería el levantamiento de datos para un artículo científico.

Sin tener muy claro todavía cómo pasó, no terminaba el año 2022, era el día de Nochebuena y estaba atravesando nuevamente la entrada a la isla, los llamados Fuelles de Neptuno, en el aviso Estrecho de San Carlos (gemelo del aviso en el que anduve el año pasado, el Puerto Argentino). Pasé 10 meses fuera de Decepción y volví. Y volví con Nico. La vida me sonríe.

Para todos aquellos y todas aquellas que recién se suman a la transmisión, o para quienes lo olvidaron, el nombre de la isla Decepción es una mala traducción de la palabra inglesa "deception", que significa engaño, y el engaño de la isla es que desde cualquier ángulo que no sea el de los Fuelles de Neptuno, la isla parece una típica superficie de terreno (como las Malvinas) pero en realidad la tierra es sólo el perímetro. La isla tiene forma de herradura digamos, y el interior de la isla está ocupado por mar. El nombre no es muy ingenioso en mi opinión, siempre me resulta intrincado explicarlo.

La primera novedad de esta segunda temporada es mi modo de translado. Esta vez viajé desde Buenos Aires hasta Decepción en barco, en este aviso que ya les presenté. Permítanme empezar diciendo que tal vez la cosa más loca que me pasó, y que creo que me va a pasar, es que tomé el barco en una dársena del puerto que está a minutos de casa, y desembarqué a metros de la Base Decepción, es decir que casi casi literalmente, fue un servicio puerta a puerta, Estados Unidos 1828 - casa en Decepción.

Embarcamos un martes 13. Sí. Martes 13. No te cases, ni te embarques, ni te vistas de amarillo. En el 2022 hubieron 2 martes 13, uno en septiembre y uno en diciembre, y en el 2023, habrá sólo 1, en junio. Y nosotros vamos a embarcamos un bendito martes 13. ¿Sentí miedo de que el barco se hunda por este hecho? No lo confirmo ni lo niego. Pero el viaje nos demostró lo que ya sabíamos: la suerte es loca y variables aleatorias tales como qué nombre se le puso al día del embarque según el calendario gregoriano no influyen en estado del tiempo, o en la ocurrencia de accidentes, o en cualquier evento aleatorio que podríamos considerar mala suerte. Viajamos bárbaro. Subimos el martes, del martes al jueves se terminó de cargar el barco con todo lo que tiene que llevar a distintas bases, tales como centenares de barriles de 200 litros de GOA (gas oil antártico, con anti-congelante), víveres, equipos, madera, materiales de ferretería, la llamada carga científica, etc.

Partimos el viernes rumbo a Antártida, atravesamos los canales dragados del Río de la Plata a una velocidad promedio de 9 nudos (aprox 20 km/hora), con apenas 2/3 metros de agua bajo el casco del barco, una maniobra que requiere a varios marinos cumpliendo tareas en simultáneo para no salirse del canal y no mandarse ninguna cagada.



El sábado a la mañana navegábamos ya en mar abierto, a la altura de nuestro queridísimo San Clemente, según el anuncio que se hacía cada día a las 9 de la mañana, en el que se comentaba por dónde navegábamos, el menú del día y alguna efemérides naval. No hace falta decir que escuchar que estaba a la altura de "Sancle" me llenó de una nostalgia agridulce... Tal vez el próximo verano vuelva pero a la zona de la playa. Navegamos a 9 - 12 nudos. El barco nunca se movió demasiado, nadie se pinchó gravemente, más que con algún mareo. Sí todxs sentimos mucho sueño, todo el tiempo. No hacíamos mucho: desayuno, siesta/lectura/notebook, almuerzo a las 11:45, siesta/lectura/notebook, cena a las 19 y pico. Muchas películas, muchas series, mucho tiempo en el puente de comando donde por fortuna nos dejaban permanecer, hablando bajito y sin molestar a los navegantes. Podíamos sí, y hasta era bien recibido, hacer preguntas sobre la navegación, y nos respondían siempre de buena gana, mostrándonos cartas, mapas, lecturas de los equipos, etc. Se vieron varios animales piolas como ballenas y toninas overas, aunque yo no vi ninguno. La temperatura bajaba día a día, paulatinamente.



Una noche, el segundo comandante nos llamó para mostrarnos un fenómeno muy peculiar. Como probablemente ya saben, muchísimos barcos pesqueros del mundo, principalmente asiáticos y más principalmente chinos, depredan los mares del globo. Argentina tiene una plataforma marina inmensa llena de vida, y muchos barcos vienen a depredar nuestras aguas. Según la reglamentación internacional, nuestro mar es nuestro hasta las 200 millas de nuestra costa, más allá de esa línea son aguas internacionales. Cuando un barco de la Armada argentina pasa por un área plagada de pesqueros, sea que esté patrullando pesqueros o que justo pase por ahí en su trayecto a la campaña antártica de verano, los pesqueros se posicionan justo sobre la línea y por afuera, porque no son 2 o 3. Son cientos. En serio, ¡¡¡cientos!!! Al ubicarlos con el radar del aviso, se ve su posición, rumbo, nombre, actividad comercial o militar, al menos de los que tienen su sistema de "info" encendido. Entonces, en el radar se ven cientas de figuritas con forma de plancha que se aprietan contra una línea imaginaria, y en el horizonte se ve una infinita línea de luces muy potentes (porque pescan calamares y bichos que son atraídos por la luz), como si estuviéramos a punto de divisar la costa de Las Vegas, pero en pleno Atlántico. ¿Qué pasa cuando no pasa por ahí justo un barco de la Armada Argentina? ¿Cumplen estos pesqueros depredadores la reglamentación de las 200 millas? No lo sé Rick... y por otro lado, millas más, millas menos, la depredación es vasta y a un ritmo que, viéndolo de afuera, sólo por un día, es imposible no preguntarse si el mar da abasto para recuperar las poblaciones, o cuánto tiempo se puede pescar de esa manera.

Otra cosa muy notable fue que durante este viaje en el aviso Estrecho de San Carlos nos tocó vivir la final del primer mundial ganado por Argentina en el siglo XXI. Lo escuchamos por radio Continental, bajo el relato de 3 hombres que sabían tanto de fútbol como yo (es decir, un conocimiento tendiente a cero) y que no incumplieron ni con un segundo de pauta publicitaria. Así que entre medio del no-relato te promocionaban alfajores, yerba, bizcochos. La agonía fue tal que considero un milagro que nadie se haya tirado al agua. El final de esta crónica ya se lo saben... ahora, este convoy de gente, al día de hoy, 30 de diciembre, ¡aún no vio el partido!

Regalito de Navidad: el 24 de diciembre a la mañana divisamos las primeras islas inmaculadamente blancas de las Shetlands y, finalmente, hacia las 11, veíamos ya bien de cerca a la mismísima isla Decepción. Bienvenidos y bienvenidas, una vez más, a la Antártida.





 
 
 

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